Hace pocos días hablaba en este mismo espacio de la ejemplaridad que deben demostrar todas las personas que ejercen cargos de responsabilidad pública, sea en entidades públicas o privadas.

Pero esta ejemplaridad va más allá del hecho de vacunarse o no, o de “atizar” una mordida a una comisión. Va de esto, y de mucho más.  Dice el Profesor Emilio Lledó que «lo triste es un indecente con poder». Y no le falta razón al académico y Premio Princesa de Asturias porque un indecente con poder no tiene escrúpulos. Los estamos viendo a diario desde el día 13 de enero del año 2020.

La decencia tiene que empezar por la responsabilidad, la ética y la dignidad. Y lamentablemente hay muchas personas que desconocen el significado de estas palabras.

Pero no voy a hablar de estas cuestiones. Hoy quiero abrir otro melón.

Fotografía: @20m

Hace pocos días, el portavoz del Partido Popular, y alcalde de Madrid, José Luis Martinez-Almeida, un referente y un decente de la política española, decía en relación al carrusel de vacunados a dedo con derecho a coche oficial, que era partidario que la cúpula del Estado se vacunara, porque el Estado no podía estar descabezado, y teníamos que tener una estructura de Estado segura y fuerte. No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento. Es evidente, que el concejalillo de turno, el cura de no sé dónde, o el alcalde de yo qué están fuera de toda cúpula del Estado y, en consecuencia, si se cuelan, si se saltan la fila, me parece perfecto que los metan en cintura y que los pongan  en orden.

Pero, lo lógico, es que S.M., el Rey, Felipe VI, el Presidente del Gobierno, la Presidenta del Congreso, la del Senado, las Ministras de Sanidad, y de Defensa, y los Ministros de Transportes, Interior, y Política Territorial, así como la Vicepresidenta Primera deberían vacunarse. De igual modo que deben vacunarse el Presidente del Partido Popular, la de Ciudadanos y los Portavoces de los Grupos Parlamentarios del Congreso y del Senado.

Pero, como siempre hacemos las cosas por el tejado, y en vez de hacer una propuesta parlamentaria, nos cruzamos de brazos, y luego el fango rebosa, las redes sociales sentencian estúpidamente, y los platós de televisión echan humo.

Si las cosas se explican con sentido común, consenso, y coherencia, la gente lo va a entender, pero no sé puede ir siempre de guapo por la vida, tocando el arpa, y haciendo el ridículo. Sigue sin darse cuenta que el enemigo lo tiene en casa, y cada martes se sienta a su lado en la mesa del Consejo de Ministros. Así nos va.

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