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Ayer, toda España volvió sus ojos a Cataluña. No en vano, los catalanes estaban llamados a las urnas en una convocatoria electoral, marcada por el Covid19 y en la que pasó prácticamente de todo. Aunque la jornada transcurrió con varios denominadores comunes: una más que elevada abstención, que denota el hartazgo de una sociedad fracturada y empachada de delirios rupturistas y de una economía más que empobrecida; un llamamiento de todos los candidatos a la participación, que nos indica que, efectivamente, hay que volver a inyectar la ilusión en la sociedad catalana y a comprometerla en los grandes retos que tiene desde antes del año 2017; y la absoluta normalidad de la jornada, que nos da la pauta de qué hasta qué punto la sociedad catalana es una sociedad madura, seria y responsable que no quiere volver a repetir los sucesos de octubre del 2017, a pesar de los mensajes apocalípticos del independentismo y del republicanismo catalán; mensajes, dicho sea de paso, caducados como los yogures, que diría el niñato Gabriel Rufián.

Pero hay un dato que es importante analizar porque pone sobre la mesa un problema, no menos  importante. Me refiero al índice de participación, que a las  18:00 horas de la tarde no llegaba al 50%. Una participación muy baja que demuestra la desafección de la sociedad civil con la clase política catalana, especialmente con las entelequias independentistas y republicanas de algunos, que sólo les ha dejado en sus casas más paro, más pobreza social, y más crisis socio económica. Eso unido a una convocatoria electoral en medio de una pandemia, en la que han primado las encuestas a la salud.  Y en medio de todo esto, se han encontrado con un ex ministro de sanidad, que no ha sabido gestionar la pandemia, y de que de repente, a modo de guinda de un pastel, cae en medio de la Plaza Cataluña, y aterriza a modo de Mesías para salvar a los catalanes. Y se ha encontrado con dos cordones: uno de todo el independentismo, y el otro del constitucionalismo. La jugada de Sánchez ha sido maestra. Mientras tanto, en la Moncloa,  él sigue tocando el arpa, y, como dice Jiménez Losantos, el doctor Bacterio, preparando su próximo rito sátrapa, a la vez que la fosa de su jefe cada vez se hace mayor.

La primera lección que tenemos que sacar de la jornada de ayer resulta tan seria como preocupante. El hecho de que a las 18:00 horas la participación se desplomase 22 puntos es una seria advertencia a la clase política catalana, especialmente al sector independentista y republicano, únicos culpables de la realidad social económica, y política de la sociedad catalana. Los de “lo volveremos a hacer”, en el fondo han pagado su cuota de responsabilidad por parte del electorado que, siempre pone en su sitio a cada partido, en cada convocatoria electoral.

Los primeros resultados, las primeras encuestas que ofrecieron a las ocho de la tarde las diferentes consultoras investigación sociológica y de comunicación estratégica ofrecían un Parlament más que fragmentado que nunca y condenado obligatoriamente a pactar y al diálogo para constituir un Govern serio y estable, que evitará la repetición electoral, que se atisbaba en la lejanía a la vista de los diferentes cordones sanitarios que habíamos escuchado en los diferentes debates electorales.

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Pero también trajeron otras dos noticias destacadas para el tablero político catalán: la desaparición política de Ciudadanos, antesala de lo que va a suceder en un futuro próximo en el Congreso de los Diputados; y la irrupción de Vox como grupo parlamentario propio, que recoge el voto de los centristas, y sobre todo, su irrupción territorial en las cuatro provincias catalanas.

Y tal es la debacle en el cuartel naranja, que para hoy Inés Arrimadas ha convocado a todo su buro político a una reunión de urgencia. Desde ayer a las 8 de la tarde se escuchan tambores de guerra. Se masca la tragedia. Estamos ante el fin del partido, y no me extraña porque como diría mi madre, Ciudadanos ha sido ese partido que tanto a nivel nacional como autonómico y municipal, que han llevado como bandera  ese lema de que nunca sabes si va o viene, si está o no está, si puedes o no contar con él. si es fiel a sus principios (por lo general, nunca) hasta sus máximas consecuencias. O dicho en cristiano, con un ejemplo: En una sesión de control puedes tropezarte con que  Inés Arrimadas ha sido capaz ponerle ojitos a Pablo Casado y hacerle guiños, y escupir parlamentariamente a Pedro Sánchez, y al acabar la sesión parlamentaria, tirarse en los propios brazos de Sánchez y pactar lo que sea necesario con él, con tal de incendiar las naves de Partido Popular. Realmente me alegro mucho de este debacle y sólo espero que los cuatro o cinco  amigos que hoy, erróneamente visten de naranja, reflexionen severamente, y mañana vistan de azul.

Y otra reflexión que debemos diseccionar hoy es la irrupción territorial de Vox en todas las provincias catalanas. El ataque sistemático de los cachorros de la CUP en Vic y en otros puntos de Cataluña en plena campaña fue un punto conexión hacia el electorado que Garriga y su equipo han sabido revertir notablemente, y lo han rentabilizado en escaños. El voto desencantado de Ciudadanos no se ha transferido al Partido Popular, sino a Vox. Y esto tiene a partes iguales tanto de peligroso como de novedad. Ciudadanos no ha sido capaz de retener a sus votantes, ni siquiera han sido capaces de unir fuerzas con el Partido Popular, y Vox ha sabido aprovechar esa vía de agua.

El resultado de las elecciones lo definió anoche perfectamente Teodoro García-Egea, Secretario General del Partido Popular: «El independentismo, hoy está más fuerte, y el constitucionalismo más débil».

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Y al final, salió Salvador Illá en olor de multitudes como claro vencedor de la noche. Pero no está todo el pescado vendido. El PSC necesita pactar para que el ex ministro de sanidad se convierta en Presidente de la Generalitat, y tanto Pere Aragonès como Laura Borràs ya han anunciado públicamente que no iban a pactar con el PSC. Claro que tampoco es de fiar estas negativas, dado que ya sabemos que tanto el republicano como la independentista con extrema facilidad conjugan ciertos verbos, y luego ya sabemos… «dónde dije digo…». Por eso, y porque el PSC no suma con los Comunes, no termino de creerme que al final no haya un pacto, a cambio de concesiones, con Junt y ERC.

Se presentan unos días intensos en los que la palabra será el principal instrumento de trabajo, sin vetos, porque si la sociedad catalana percibe vetos, y consecuencia de esas trabas se le conduce a una nueva convocatoria electoral, las consecuencias serán nefastas.

Que tanto Sánchez como el doctor Bacterio tomen buena nota, porque, a pesar de su inutilidad, lo cierto es que aunque el PSC sea la primera fuerza política hasta el rabo todo es toro. Lo dicen los taurinos. Y en política también.

Pero que nadie pierda de vista la imagen de otro escenario. Una mesa en la que se sienten ERC, Junts, la CUP, y los Comunes. Sería tan peligroso como factible. Es cuestión de días, y de diálogo independentista, muy fácil de que se produzca.

Fotografía: @abc_es

Aunque sinceramente, yo pintaría otro cuadro. Entre el espectáculo malo y el peor, yo siempre me quedo con el malo. No tengo que reafirmarme en mis antipatías hacía Salvador Illá, pero antes que ERC comparta mesa con la CUP, y con los Comunes, hay que buscar alternativas. Por eso espero que Illá se desgañite en dialogar con Pere Aragonés y con Laura Borràs para llegar a un pacto amplio de gobierno que evite que la CUP pise moqueta en el Palau de la Generalitat. Y me reitero en las tirrias hacía el ex ministro. Pero, al menos salvemos los muebles. Se abren las apuestas.

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