Hoy se cumple el séptimo aniversario de la desaparición del arquitecto de nuestra democracia. Hoy hace siete años que España perdió a Adolfo Suarez, el primer presidente de nuestra democracia.  Es en este momento de tanta polarización política e institucional siempre desencadenada por los mismos, cuando urge más que nunca reivindicar su legado político y su figura histórica. Adolfo Suárez fue un gran político, un Presidente ejemplar, que junto a Su Majestad Juan Carlos I no le tembló el pulso para transformar el país: de la España más oscura a la España del progreso, las libertades y de la democracia.

No lo tuvo (tuvieron) fácil. Había demasiados obstáculos en el camino; dificultades ideológicas, sociales, políticas, económicas, culturales… Pero su objetivo era claro y su hoja de ruta también. Así aplicaron la ley, siguiendo el consejo de otra figura imprescindible de la Transición, Torcuato Fernández-Miranda: «de la ley a la ley pasando por la ley». De esta manera, paso a paso, ladrillo a ladrillo, Adolfo Suárez fue desmontando el régimen franquita para abrir las puertas a un régimen en el que nadie se sintiera extraño debajo de un paraguas llamado Constitución de 1978.

Uno de los obstáculos más conflictos que debió sortear fue el del Ejercito. Unas Fuerzas Armadas muy pobres en cuanto a recursos, formación y estructura pero con una filosofía y una lealtad absolutas a todo lo que aún quedaba del régimen franquista. Por ello, tuvo que lidiar con no pocos problemas ante una cúpula militar que no concebía un nuevo modelo social y, mucho menos, una regeneración y una transformación total en el propio seno de las Fuerzas Armadas. Gracias a aquello, hoy el Ejército Español es un ejército moderno, avanzado, plural, desarrollado, tecnológicamente innovador y, sobre todo, renovado que no tiene absolutamente nada que ver con aquel Ejercito del año 1976 y anteriores.

El denominador común de la gestión de Adolfo Suárez pasa por una sola palabra: consenso. Suárez fue un hombre de palabra, y esta forma de actuar la llevó hasta sus últimas consecuencias. Hoy, la reivindicación de su figura es más importante que nuca. España necesita hombre como él, que sepan consensuar, que sepan pactar, que sepan dialogar; hombres que les preocupen los problemas de la sociedad… que sepan  llegar a acuerdos en beneficio de España y de los españoles.  Por desgracia, hay demasiada polarización y crispación que, casualidades o no, siempre llegan desde el mismo lado.

La figura de Adolfo Suárez es imprescindible. Es un espejo perpetuo, en el que tendrían que mirarse muchos gobernantes, de un lado y de otro. Pero también otros aprendices a políticos que, aunque pisan moqueta, no saben ni quieren saber cuánto sudó el Presidente abulense para lograr una Transición pacífica, sin derramamientos de sangre, cicatrizando las tan manoseadas “dos Españas” para abrir las puertas a una nueva España prometedora, llena de libertades, de prosperidad, y de un futuro en paz. ¿Con errores? ¡Por supuesto! Pero el papel que jugó fue absolutamente imprescindible y necesario. Su figura hay que recordarla siempre. Hoy, siete años después de su marcha, la elección no es dudosa. Mucho más Adolfo Suárez y mucho menos Echenique, Rufián, Borràs, y Otegui. Éstos representarán el fracaso. Suárez el futuro. Siempre.

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