Estamos sumergidos en plena Semana Santa. Una Semana Santa que va a ser diferente, en el que el olor a incienso, los tambores y capirotes, las peanas y saetas, los pasos penitentes, las velas, y demás elementos procesionales de nuevo quedan en sus cuarteles de invierno por segundo año consecutivo a la espera de que nuestra comunidad científica y sanitaria ponga al hilo a la pandemia del Covid-19 y a todas de sus variantes conocidas y por conocer.

Para cualquier individuo estos días son días de inflexión. No en vano son muchos los que habitualmente no pisan un templo pero estos días se calzan túnica y tercerol, y tambor en mano, patean calles y plazas para rendir honores al Jesucristo de turno penitente. España es un país privilegiado. Un país de lujo, en el que habitualmente cuidamos hasta la extenuación nuestras tradiciones. Y estos días, en circunstancias normales, serían infinidad los pueblos y ciudades que inundarían sus calles de cofrades y pasos penitentes. Una tradición que no podemos perder, que más allá de ideologías y doctrinas, no podemos fumigar al amparo escusas huecas. La transmisión de estas tradiciones, y otras, es uno de los mejores legados que podemos dejar a las generaciones venideras. Es nuestra obligación. También nuestro compromiso como sociedad. Es nuestro valor más intangible que dejaremos a los nuestros.

Pero dicho esto también existe otro componente social no menos importante, que no podemos perder de vista. La sociedad española ha evolucionado. Atrás ha quedado aquella sociedad gris y artrítica de hace cincuenta o sesenta años. Hoy, España es una nación moderna, innovadora, plural, democrática, madura, con una población responsable que sabe muy bien lo que quiere y lo que no. Y desde este plano todo es perfectamente compatible y respetable. Desde la mayoría de la población que vive la Semana Santa con devoción, manteniendo la tradición, siguiendo el triduo sacro desde su lugar de residencia (o desde su lugar de descanso), pero empapándose –como decía antes- de esos olores tradicionales a tercerol e incienso, a tambores y velas, a saetas y estación de penitencia… desde esta perspectiva… hasta los ciudadanos que aprovechan estos días para desconectar en la playa, en la montaña, en un viaje al extranjero, o simplemente visitando a la familia. Todo es posible y respetable si se realiza siendo consciente de nuestros valores y sin vulnerar los ajenos. Vivir en libertad tiene estas ventajas.

Debemos ser tolerantes y sin perder de vista la perspectiva de nuestra obligación como sociedad, respetar a quienes celebran la Semana Santa de forma diferente. Siempre le escuché decir a mi madre que «en la vida no sólo hay blanco y negro, que también existe el gris». Ella, como todas las madres, muy sabia, tenía toda la razón. Debemos festejar la Semana Santa de la mejor manera que sepamos o debamos, pero sobre todo, bajo un ingrediente imprescindible: el respeto a quien no la celebra como nosotros. Siempre la Semana Santa se mantendrá entre la tradición impertérrita y la innovación. Nosotros mantendremos la tradición, y respetaremos a quienes la celebran desde otras ópticas. Pero, a su vez, sería bueno, que este respeto fuera mutuo. Sin duda, sería la mejor demostración de la evolución de nuestra sociedad. Debemos ser responsables todos. De lo contrario se quiebra nuestra sociedad. Y lo que sobran son grietas.

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