Fotografía: @periodicoaragon

Hoy culmina la Semana Santa. Este año, después de dos años de silencio obligado a causa de la pandemia de la Covid19, las calles de las ciudades y pueblos españoles se han vuelto a inundar de olor a incienso, de tambores y capirotes, de peanas y saetas, de pasos penitentes, de velas, y de sentimiento procesional. Había ganas. Muchas ganas. En ocasiones, ni la lluvia pudo amedrentar a los cofrades para salir a la calle. He seguido atentamente la Semana Santa de la «Sevilla del norte», gracias a las magníficas retransmisiones televisivas que ha realizado Aragón Televisión.

Ciertamente me ha alegrado muchísimo al saber que a Zaragoza ya se la conoce como la «Sevilla del norte»: casi 30 cofradías y hermandades de penitencia, más de 16.000 cofrades, más de 4.000 bombos y tambores, más de 700 años de Historia, 53 procesiones, y declarada como Fiesta de Interés Turístico Internacional son ingredientes imprescindibles para que Zaragoza sea denominada así.

Fotografía: @heraldoes

Es un orgullo no sólo para todo aquel que cada Semana Santa tambor o bombo en mano se lanza a procesionar por las calles , sino también para todo aquel zaragozano –de dentro o de fuera-, que vive intensamente estos días de penitencia.

El año pasado, coincidiendo con la Semana Santa, publique un artículo en este mismo espacio titulado «Semana Santa es tradición e innovación». Me reitero en muchas reflexiones que hice entonces, y en otras nuevas. Empezando por la importancia del respeto a las tradiciones. La Semana Santa es tradición pura. Entonces escribí:

«Una tradición que no podemos perder, que más allá de ideologías y doctrinas, no podemos fumigar al amparo escusas huecas. La transmisión de estas tradiciones, y otras, es uno de los mejores legados que podemos dejar a las generaciones venideras. Es nuestra obligación. También nuestro compromiso como sociedad. Es nuestro valor más intangible que dejaremos a los nuestros».

Fotografía: @aragondigital

En este sentido,  la Semana Santa de Zaragoza no sólo es religiosidad, es tradición y plasticidad, es también arte y religión a partes iguales. Y ello lo atestiguan los 700 años de su historia.

He vivido estos días durante muchos años en directo sobre el terreno, y, ahora, siempre que puedo, regreso a Zaragoza para volver a revivirlos en directo. Son días mágicos porque la Semana Santa zaragozana es la unión del pasado con el futuro, y es vivir unos días mágicos desde el corazón con fuerza, ilusión y entusiasmo, más allá de las creencias religiosas. Por eso es tan importante el respeto, se crea o no. Situaciones como las vividas hace pocos días en El Vendrell son inaceptables e intolerables.

La Semana Santa zaragozana se ha adaptado a los nuevos tiempos. Ahora es fácil seguirla minuto a minuto a través de redes sociales prácticamente en tiempo real, eso acompañado de una excelente retransmisión televisiva cómo hace Aragón Televisión te hace vivirla intensamente aunque estés a cientos de kilómetros de distancia.

Fotografía: @zaragoza_es

Pero Zaragoza también disfruta de su particular ‘Madrugá’ la noche del Jueves Santo. En el año 1937 se creó la primera cofradía penitencial de la Semana Santa de Zaragoza, la de Nuestra Señora de la Piedad.  El 15 de abril de 1938, a las 00:00 horas, salió desde la Plaza del Justicia la primera procesión de esta cofradía, con un recorrido y un horario que se ha mantenido invariable desde entonces por el centro de la ciudad.  Esta procesión, conocida, como “la de Los Gitanos”, discurre en paralelo con la llegada a la Iglesia de Santa Isabel de Portugal, más conocida, como San Cayetano´,  de otras cofradías y hermandades de penitencia como La Columna o el Descendimiento. El Jueves Santo es un día de espiritualidad, fe, arte, y devoción, que en Zaragoza se vive de forma muy especial.

Pero la Semana Santa zaragozana también tiene sus curiosidades, que quizás mucha gente desconozca. Sin ninguna duda, es vibrante y brillante, colorista y religiosa, silenciosa y estruendosa…

Muchas personas estarán convencidas de que  el rugido de tambores y bombos es una tradición de siempre. Pero no. Es muy novedosa. No fue hasta 1940 cuando la recién fundada cofradía de las Siete Palabras decidió incorporar el sonido de los tambores a su procesión, imitando la tradición del Ruta del Tambor y el Bombo del Bajo Aragón. En 1945, fue también la primera cofradía zaragozana en incorporar los timbales, y en 1970, los bombos.

Fotografía: @guiadezaragoza

Aunque el sonido más habitual es el de tambores y bombos, hay cofradías que utilizan otros instrumentos como la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén, una cofradía en la que además de instrumentos de percusión, hay una sección de carracas, o carraclas, en aragonés.

En la Cofradía del Ecce Homo el sonido más característico es el de las matracas, instrumentos que se hacían sonar en los pueblos aragoneses anunciando la Pasión y Muerte de Cristo.

Los orígenes de la Semana Santa de Zaragoza están vinculados a la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís. Esta hermandad ya organizaba en el siglo XVIII tres procesiones, la del Encuentro el Martes Santo, la del Santo Entierro el Viernes Santo y la de Resurrección.

Fotografía: @aragondigital

Tras Los Sitios de Zaragoza, cobra protagonismo la Real Hermandad de la Sangre de Cristo, ya que desde 1827 es la encargada de organizar la procesión del Santo Entierro. La Real Hermandad tiene su sede en Zaragoza desde el siglo XVI en el convento de San Francisco, y se ha dedicado tradicionalmente a recoger los cadáveres abandonados en las calles de la ciudad.

La imagen más antigua de todas las que procesionan por las calles de Zaragoza en Semana Santa es la del Ecce Homo. Esta talla, procesionada por la cofradía del mismo nombre en la noche del miércoles Santo recorriendo las calles del Arrabal y atravesando el Puente de Piedra en dirección al Casco Histórico, es una escultura de autor anónimo del siglo XV.

Durante los Sitios de Zaragoza, los franceses volaron el convento de San Francisco, en la actual plaza de España. Allí se almacenaban las tallas que desfilaban en la procesión del Santo Entierro, y lamentablemente, todas quedaron destruidas.

Fotografía: @sangrecristozgz

Tan solo se salvó el Cristo de la Cama, una preciosa imagen articulada que podría haber sido tallada en el siglo XV. Fue una mujer, María Blázquez, la que salvó la talla de entre las ruinas, pasando de allí al Pilar hasta 1810, cuando fue traslada a la iglesia de 1813. Ese año, fue instalada definitivamente hasta San Cayetano, donde permanece hasta hoy.

Aunque los capirotes son la seña de identidad de buena parte de las cofradías zaragozanas, lo cierto es que la prenda tradicional para cubrirse la cabeza en la Semana Santa aragonesa son los terceroles. El origen de esta prenda hace referencia a la orden Tercera de San Francisco de Asís. Posteriormente, la Hermandad de la Sangre de Cristo la recuperó para los portadores de los pasos durante la procesión del Santo Entierro.

La mayor parte de las cofradías zaragozanas exigen a sus hermanos llevar la cara tapada,  pero lo cierto es que hay varias hermandades que no lo hacen. La Cofradía de la Crucifixión procesiona con la cara descubierta, ya que llevan tan solo una capucha, como parte del hábito franciscano.

Fotografía: @heraldoes

La cofradía de Cristo Resucitado procesiona el Domingo de Resurrección con la cara destapada, para mostrar su alegría en este día festivo (además, en lugar de llevar velas, los cofrades portan claveles). La Real Hermandad de la Sangre de Cristo también lleva el tercerol a cara descubierta.

La Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores fue creada en 1522 por un grupo de comerciantes del entono de la calle Cedería (actualmente forma parte de la Avenida de César Augusto) de  la capital aragonesa para pedir su protección ante una epidemia de peste que asolaba la ciudad en aquella época.

Como se observa, la Semana Santa zaragozana tiene mimbres suficientes no sólo de religiosidad, arte, y espiritualidad. Es también historia viva de la ciudad, y, sobre todo, es un pilar fundamental de sus tradiciones más arraigadas. Por eso es fundamental respetar y proyectar exteriormente todo lo que significa como una de los elementos más simbólicos de la ciudad. Una experiencia para los sentidos. Una experiencia para vivirla y repetirla.

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