Fotografía: @OxfamIntermon

La reciente Historia de España está salpicada de grandes y pequeños sucesos que, de una forma u otra, no sólo han convulsionado nuestra piel, sino que han sacado lo mejor de cada uno de nosotros mismos en favor de los demás.

No es cuestión de hacer un listado de estos sucesos. Pero  podríamos citar algunos de ellos: el terrible incendio del Hotel Corona de Aragón, de Zaragoza en 1979; la macabra e interminable lista de los diferentes atentados de la banda terrorista ETA a  lo largo de tantas décadas; el incendio de la discoteca ‘Alcalá 20’, en Madrid en 1983;  el incendio del camping de Los Alfaques, en Castellón, en 1978; el desastre aéreo del aeropuerto de Los Rodeos en 1977; el hundimiento del petrolero ‘Prestige’, en las costas gallegas, en 2002;  el vertido tóxico en Aznalcóllar, en Sevilla, en 1998; el terremoto de Lorca en 2011; el tren de cercanías que 2010, en Castelldefels (Barcelona), arrolló a 25 personas; el accidente del Boeing 747, que se estrelló cuando intentaba su aproximación al aeropuerto de Bilbao, en 1985; el vuelo de Spanair que se estrelló cuando despegaba desde el aeropuerto de Madrid-Barajas, en 2008;  el descarrilamiento del metro de Valencia en 2006, la riada del camping de Biescas, en 1996; el choque de un Talgo en la provincia de Albacete, en 2003;  o los devastadores incendios forestales a los que se está viendo sometida España en los últimos años, y, ¡cómo no!, la pandemia de la Covid-19.

Fotografía: @fmapfre

Todas estas catástrofes, y muchas más, nos secaron las venas y el alma, y nos dieron una bofetada de realidad. Nos demostraron hasta qué punto somos vulnerables, y hasta qué punto no tenemos absolutamente nada asegurado en nuestro día a día.

Pero también nos dieron toda una lección, quizás mucho más importante.  Nos demostramos a nosotros mismos, como sociedad y como nación, cómo en los momentos más difíciles, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos en favor de los demás, sin preguntar, sin cuestionarnos nada, sin titubear, arrimando el hombro sin descanso… Esta lección es fundamental porque nos ha demostrado, primero a nosotros mismos, y luego al resto de la sociedad, que somos una gran nación, un país que se crece ante las dificultades. Somos capaces de unirnos, de reinventarnos, de sacar lo mejor de cada uno de nosotros en favor de los que se han quedado en medio de la nada.

Fotografía: @colnedca

En esos momentos, cuando la vida muestra sus peores fauces, cuando la tragedia se hace presente, y el dolor, el desconsuelo, la angustia, la desesperación, el pesimismo o el desasosiego invaden todo, siempre hay una mano amiga y anónima que nos dice «creo en ti». Y estrecha esa mano desconocida para brindar sus conocimientos y su formación, sus alimentos, sus enseres personales y hasta su hogar de forma totalmente desinteresada.

Me refiero a los voluntarios, ese ejército sempiterno de hombres y mujeres que siempre están en los momentos más difíciles dándolo todo, de forma generosa, uniendo una hora con otra, un día con el siguiente, para que quien se ha visto azotado por una tragedia se sienta, al menos, reconfortado y aliviado.

Fotografía: @CruzRojaEsp

Lo viví en directo cuando se produjo la riada del camping de Biescas. Los biesquenses no sólo arrimaron el hombro con los servicios de protección civil y emergencia ayudando en las tareas de rescate de las víctimas, sino que se organizaron para repartir ropa y alimentos entre los heridos, y acoger en sus propios domicilios a quienes la brutal crecida del Torrente de Arás les dejó absolutamente sin nada. Brindaron toda su ayuda y su generosidad de forma voluntaria, perfectamente organizada, de diferentes formas, y sumando, como un servicio de emergencia más, que es lo que eran en realidad.

Y también lo vivi muchos atrás en Zaragoza, cuando se produjo el incendio del Hotel Corona de Aragón. Muchas personas anónimas se ubicaron en las intersecciones de las calles zaragozanas para regular el tráfico y facilitar el continuo goteo de ir y venir de ambulancias a los diferentes hospitales de la ciudad, dado que todos los efectivos de Policia Local se encontraban en las inmediaciones del hotel incendiado, en plenas tareas de rescate de las víctimas.

Fotografía: @UltimaHoracom

O los cientos de voluntarios que, junto a los bomberos forestales, los vemos estos días en los diferentes incendios que asolan nuestro país.

Y como estos ejemplos, podría poner miles más… como los cientos de voluntarios que recogieron ‘chapapote’ en las costas gallegas, tras el hundimiento del Prestige.

En resumen, los voluntarios a diario nos dan toda una lección de vida y de compromiso que no podemos olvidar, porque siempre están ahí, siempre, especialmente cuando vienen mal dadas…  Suman, trabajan, se comprometen, y dan lo mejor de ellos mismos como si no hubiera un mañana. Por eso, resulta de vital importancia su presencia, y no sólo en el ámbito de las emergencias.

También es imprescindible su trabajo, su dedicación y su entrega en el Tercer Sector. Las ONGs no podrían realizar ninguno de sus proyectos sino tuviesen detrás un ejército anónimo, invisible e imparable de voluntarios que empujan, potencian y llegan a donde la propia entidad no es capaz de llegar.

Fotografía: @FCodespa

¿Y qué podemos decir de las entidades sociales, socio-asistenciales,  de pacientes o de discapacidad? En esta área el trabajo del voluntario no es que sea importante, es imprescindible.

Sea como fuere, ciertamente, los españoles podemos sentirnos orgullosos de nuestra capacidad de reacción cuando vienen mal dadas, pero esta capacidad se debe en buena parte al trabajo desinteresado e infinito de los voluntarios.

En España podemos presumir de muchísimas cosas, aunque a algunos les escueza, pero nuestro voluntariado es un sector que se merece un reconocimiento especial. Sin ellos, ¿Qué sería de nosotros cuándo nos damos de bruces con la realidad más cruel?

(Imagen de fotografía de cabecera: @OkiDiario)

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